teologia para leigos

31 de agosto de 2011

BENTO XVI AMIGO DE NEOCATECUMENAIS, ARAUTOS et al...

«Arautos do Evangelho»

Três «casos de estudo»

¿El profesor Ratzinger? Demasiado bueno

En un primer examen tiende a promover a todos, también a esos grupos y movimientos que luego le dieron grandes desilusiones. Tres casos de estudio: los neocatecumenales, los monjes de Vallechiara [Família Monástica 'Fraternidade de Jesus'], los Heraldos [os Arautos] del Evangelio.

por Sandro Magister
ROMA, 26 de Agosto de 2011

Como es tradicional en ellos, los neocatecumenales han participado en gran número en la Jornada Mundial de la Juventud, en Madrid. Y han agregado allí su "day after", también esta segunda tradición. En la tarde del lunes 22 de agosto se reunieron en la centralísima Plaza de Cibeles, para celebrar el rito de la "llamada" al sacerdocio o a la vida religiosa, con su fundador Francisco José Gómez Argüello, llamado Kiko, para hacer de imán, rodeado por el arzobispo de Madrid, Antonio María Rouco Varela, y por decenas de otros obispos de todo el mundo.

La plaza estaba llena de neocatecumenales de numerosas naciones, 180 mil en total, entre los cuales 50 mil eran italianos y 40 mil era españoles. Justamente 750 llegaron de solamente dos parroquias de Roma, la ciudad en la que el Camino neocatecumenal está más presente. La "llamada" ha tenido una respuesta masiva. Cerca de 9 mil jóvenes de ambos sexos se trasladaron de la plaza al palco, para hacer bendecir por los obispos su elección vocacional.

Al inflamar a la multitud, Kiko no ha dejado – como hace con frecuencia – de enorgullecerse del apoyo del entonces profesor de teología Joseph Ratzinger a la plantación del Camino neocatecumenal en Alemania, en 1974. Ese año, Stefano Gennarini y otros discípulos italianos de Ratzinger en Ratisbona le informaron que habían entrado a formar parte del Camino neocatecumenal, en Roma, y que habían quedado entusiasmados. Su entusiasmo contagió al profesor Ratzinger, quien quiso encontrar en su casa, para cenar, a Kiko y a otra fundadora del Camino, la ex monja Carmen Hernández. El encuentro se prolongó al día siguiente, por voluntad de Ratzinger, en ese entonces obispo auxiliar de Munich. Y poco más tarde Ratzinger escribió a dos de sus amigos sacerdotes de la diócesis de Munich, recomendándoles calurosamente que hicieran crecer el Camino en sus respectivas parroquias. Así sucedió realmente.

Como siempre que cuenta este episodio, también en Madrid Kiko ha releído con énfasis algunas frases de esas dos cartas de Ratzinger. Lo que no quita que el Camino haya dado después momentos difíciles al mismo Ratzinger, convertido en prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe y por último en Papa.

Los textos del catecismo escrito por Kiko y Carmen para la formación de los miembros del Caminohasta ahora mantenidos en secreto – han demandado efectivamente trece años de revisiones y correcciones, por parte de la Congregación para la Doctrina de la Fe, antes que fuesen aprobados en el 2010. Y también la modalidad con la que los neocatecumenales celebran la Misa y los otros sacramentos han sido objeto de reclamos y de correcciones insistentes, que no siempre han llegado a buen puerto, por parte de las autoridades vaticanas.

Si en 1974 el entonces joven profesor Ratzinger hubiese tenido conocimiento de los defectos del Camino en los campos de la doctrina y de la liturgia, su entusiasmo habría dado paso a una mayor cautela.

Y no es éste el único caso en el que Ratzinger ha pecado de excesivo optimismo inicial, al juzgar a nuevos movimientos religiosos que después le han dado motivos para preocuparse.

Uno de estos casos remite a la Familia Monástica Fraternidad de Jesús, establecida en los años 80 en una zona agrícola no lejos de Castel Gandolfo, con varias decenas de monjes y monjas. El fundador, el padre Tarcisio Benvenuti, dio el nombre alusivo de Vallechiara ['Vale', 'claro': Clara.val, de Bernardo de Claraval] a su nuevo monasterio y atrajo rápidamente las visitas y la simpatía de eclesiásticos ilustres, desde el arzobispo de Viena, Christoph Schönborn, hasta el arzobispo de Canterbury y primado de la Iglesia anglicana, Rowan Williams. También el príncipe Carlos de Inglaterra, en el 2002, visitó el monasterio y la granja. Y también el entonces cardenal Ratzinger.

Ratzinger se entusiasmó tanto que el 8 de marzo del 2004 escribió de su puño y letra al abad Benvenuti una larga carta, llena de elogios y aliento, todavía reproducida íntegramente en el sitio web de la comunidad:



Ese mismo año maduró inclusive en el Vaticano el propósito de confiar a la Familia Monástica Fraternidad de Jesús el cuidado de la basílica romana de San Pablo Extramuros, en lugar de los monjes benedictinos que residían allí desde hace siglos, reducidos en número y envejecidos:


Pero esto fue el inicio del fin, para el padre Benvenuti y los suyos. Los benedictinos, los verdaderos, se levantaron contra éstos, a los que consideraban falsos imitadores. Y comenzaron a sacar a la luz las numerosas y graves fallas de la comunidad. En el 2007, ya como Papa, Ratzinger envió a un abad benedictino a efectuar una visita apostólica, lo cual produjoo resultados desastrosos. La comunidad fue puesta en comisión. El fundador y el co-fundador, los padres Benvenuti y Zeno Sartori, fueron antes transferidos a los monasterios benedictinos de Praglia y de Novalesa, y luego exiliados a un santuario ubicado en las montañas de Austria, en St. Corona AM Wechsel, en la arquidiócesis de Viena.

El 12 de abril de 2010 llegó el golpe final. La Congregación vaticana para la Vida Religiosa, presidida por el cardenal Franc Rodé, redactó el decreto de supresión de la Familia Monástica Fraternidad de Jesús, decreto aprobado en forma específica por Benedicto XVI el 22 de abril posterior.


«Arautos do Evangelho»


Otro caso digno de estudio: los Heraldos del Evangelio. Son el único movimiento católico de reciente formación, al que Benedicto XVI ha citado por su nombre en el reciente libro-entrevista "Luz del mundo". Y lo ha citado para elogiarlo: son "jóvenes llenos de entusiasmo por haber reconocido en Cristo al Hijo de Dios y por anunciarlo al mundo"; son la prueba que también en Brasil – donde han nacido – "se asiste a grandes renacimientos católicos". Desde Brasil, los Heraldos del Evangelio se han difundido en decenas de países. En Roma están a cargo de la iglesia de San Benito en Piscinula. Son laicos y laicas consagradas, con algunos sacerdotes. Viven en comunidad y visten un uniforme cuasi militar de aspecto neo-medieval. Obtuvieron el reconocimiento de la Santa Sede en el 2001.

Pero su fundador, monseñor João Scognamiglio Clá Dias, proviene de una estirpe anterior y famosa, la del movimiento Tradición, Familia y Propiedad, conducido por Plinio Corrêa de Oliveira (1908-1995), de quien fue el colaborador y el intérprete más estrecho. Monseñor Scognamiglio Clá Dias ha escrito una tesis doctoral sobre el pensamiento y la vida de Corrêa de Oliveira. Al igual que Tradición, Familia y Propiedad, también los Heraldos del Evangelio son un movimiento católico marcadamente tradicionalista y conservador, en el extremo opuesto de las corrientes católicas latinoamericanas que se nutren de la Teología de la Liberación.

El conflicto entre estas dos tendencias tuvo recientemente por teatro al vicariato apostólico de San Miguel de Sucumbíos, un puesto de avanzada de misión en el área amazónica de Ecuador, en los límites con Colombia. Hasta hace poco tiempo este vicariato era dirigido por un obispo carmelita, Gonzalo Marañón López, simpatizante de la teología de la liberación, y en consecuencia de las comunidades de base, la lectura popular de la Biblia y la creatividad en la liturgia. La Congregación para la Evangelización de los Pueblos, presidida por el cardenal Ivan Dias, no estaba contenta. Y en el 2007 envió al arzobispo brasilero de Petrópolis, Filippo Santoro, a llevar a cabo una visita apostólica. En otoño de 2010 siguió la sustitución del obispo Marañón López con el sacerdote argentino Rafael Ibarguren Schindler, de la Sociedad Clerical "Virgo Flos Carmeli", la rama sacerdotal de los Heraldos del Evangelio. El cardenal Dias confió oficialmente al padre Ibarguren y a los Heraldos del Evangelio la tarea de reorganizar el vicariato "en modo diferente" respecto al anterior, rechazado por "no ser siempre conforme a la exigencia pastoral de la Iglesia". Pero a su llegada, los recién llegados encontraron inmediatamente la áspera oposición de los dirigentes por ellos desplazados.


«Arautos do Evangelho»


Han seguido meses de desencuentros verbales y a veces también físicos, con protestas, llamadas, marchas y suscripciones. También la Conferencia Episcopal de Ecuador se ha dividido a favorables y contrarios. Han intervenido en la refriega, contra los Heraldos del Evangelio, inclusive exponentes del gobierno. Para mediar, ha debido intervenir el nuncio apostólico, monseñor Giacomo Guido Ottonello, respaldado en la Secretaria de Estado vaticana, por monseñor Angelo Accattino. Hoy el desencuentro no parece todavía aplacado. Como otros movimientos católicos marcados por ese mismo perfil, los Heraldos del Evangelio tienden en todas partes a dividir. Hay quienes los admiran y apoyan al punto de ruptura, y quienes por el contrario no los soportan. Lo mismo ocurre con los neocatecumenales. Tienen fervientes admiradores entre los cardenales y los obispos, pero también muchos opositores y críticos. Los obispos de Japón en bloque, por ejemplo, recientemente han roto con ellos. Y lo mismo ocurrió hace pocos días en Nepal.

Los exhaustivos elogios iniciales de Ratzinger no siempre encuentran confirmación en los hechos.



[Põe-se a jeito e depois queixa-se… - próximos «desgostos» de Bento XVI?]

30 de agosto de 2011

CONCÍLIO VATICANO II - SEU IMPACTO NO LAICADO 1/2

1/2

Abertura do concílio ecuménico Vaticano II

Por um laicado adulto


As últimas décadas foram caracterizadas pela passagem dum catolicismo clerical a uma Igreja dos leigos. Pode-se dizer termos assistido a uma protestantização do catolicismo, ao mesmo tempo que se valorizava o laicado, ao arrepio da tendência clericalizante de Trento.

O concílio Vaticano II foi a síntese dos movimentos renovadores do século XX. Uma nova identidade laical surgiu - leigos que deixaram de se ver como cristãos de segunda - ainda que se mantivesse uma diferença entre a teologia dos textos e a realidade dos factos. A partir de 1966, promoveram-se conselhos pastorais de leigos, instauraram-se ministérios laicais (Ministeria quaedam, 1972), fomentou-se o acesso dos leigos à teologia e recomendaram-se formas de cooperação entre os leigos e os ministros. Começou também o pedido de uma democratização da Igreja, superando o velho binómio ‘clérigos que mandam e leigos que obedecem’. [A encíclica "Vehementer nos" (1907) de Pío X: "O dever do rebanho é cumprir com submissão as ordens dos pastores".] Tinha de se passar de uma Igreja como uma sociedade desigual a uma outra comunitária com participação activa dos leigos. Mais de quarenta anos depois, o processo permanece em aberto e inacabado.

Houve uma reestruturação dos movimentos laicais, anteriormente configurados à volta da Acção Católica. Reclamava-se uma maior autonomia dos movimentos laicais e uma participação mais activa destes na sociedade. Esta nova dinâmica gerou tensões entre a hierarquia e os movimentos laicais que exigiam maior autonomia. Fragilizaram-se as associações laicais e muitos padres seculares refugiaram-se em espaços sociopolíticos onde tinham a liberdade que não encontravam nos espaços eclesiásticos. Esta situação transformou a igreja dos anos sessenta num alfobre para os partidos e associações políticas europeias. Pelo contrário, na América, os movimentos laicais conservaram a sua dinâmica e encontraram um apoio suplementar na hierarquia. Na América Latina pôde-se falar de uma Igreja laical: surgiram as Comunidades de Base e proliferaram os leigos que assumiram competências reservadas aos sacerdotes e que desempenharam um papel activo na luta pela justiça. É vasta a lista de leigos mártires, nenhum deles canonizado, e que foram assassinados por forças paramilitares pertencentes a governos que se diziam cristãos. O laicado foi o protagonista fundamental do dinamismo dessas igrejas. Foram eles os que enfrentaram o duplo desafio das perseguições políticas e da dinâmica proselitista dos grupos evangélicos. Infelizmente, este protagonismo não foi acompanhado por um reconhecimento eclesial digno. Olhou-se para estes leigos mais como uma força supletiva da escassez de padres (Immensae caritatis, 1973), do que como uma alternativa rumo a um novo modelo de igreja. Mesmo assim, é inegável que os últimos decénios valorizaram os leigos.

Na Europa, os novos movimentos laicais (Cursos de Cristandade, Focolari, Comunidade de Santo Egídio, Opus Dei, Caminho Neo-Catecumenal, Comunhão e Libertação, etc.) seguiram um rumo mais clássico e encontraram grande apoio por parte da hierarquia. Estes grupos constituem uma autêntica internacional laical dentro da igreja católica, deixando para trás as anteriores ordens e congregações.

Como característica destes grupos, temos o facto de serem entidades coesas e de forte traço identitário, tendentes ao isolamento e com uma consciência de superioridade face aos outros cristãos, com uma hierarquia forte e uma grande dose de doutrinação interna. A ausência de crítica interna (auto-crítica), a perda de autonomia pessoal a favor da do movimento, a subordinação assimétrica e as acusações de manipulação das consciências são a contrapartida à sua manifesta capacidade da arregimentação. Oficialmente, proclamam a sua estrita submissão às directivas hierárquicas e possuem uma orientação teológica conservadora. A verdade é que conservam uma grande autonomia nas dioceses e já chegaram a ter apreciáveis tensões com os bispos e outras instâncias diocesanas. Os seculares, mais integrados na sociedade democrática e com posturas mais abertas, têm dificuldade em se integrarem em instituições eclesiais e em movimentos laicais conservadores. A opção maioritária dos progressistas foi para as ONG’s, as quais desempenham um papel relevante no compromisso social dos cristãos.

Paralelamente à ascensão dos leigos é clara a decadência do clero. Na década de setenta começa a crise de vocações sacerdotais e de vida religiosa. Ambas as vocações ainda se mantêm no Terceiro Mundo, mas afundam-se nos países prósperos das sociedades secularizadas. Tal como ocorreu aquando da Revolução Francesa, são inúmeras as causas para essa perda de vocações. A prosperidade material torna desnecessário o recurso à carreira clerical como instrumento de promoção educativa e social, tal como havia acontecido aquando da segunda guerra mundial. Por outro lado, a nova cultura associada à sociedade de consumo, com uma componente individualista e hedonista, dificulta a continência e o celibato, agudizando os problemas da solidão e do isolamento do clero. O simbolismo do monge como pessoa ascética, sacrificada e distanciada do mundo tão pouco condiz com aquele código cultural. A figura do sacerdote perde respeito e reconhecimento social.

No protestantismo houve, igualmente, uma impugnação da identidade sagrada e cultual do pastor e uma forte contestação do seu papel tradicional. Impugnava-se a dedicação total às tarefas ministeriais, valorizando, mais, outras actividades seculares. A especialização pós-moderna começava a sentir-se nos eclesiásticos, os quais deixam de ser ministros «a tempo inteiro» e passam a enriquecer, noutros campos, a sua vida privada. A década de setenta e oitenta esteve marcada por uma hemorragia de ministros, tanto no catolicismo como no protestantismo, o que, inicialmente, fora amortizado pela abundância de clero. Os problemas só vieram a surgir nesta época por causa da avançada idade do clero existente, pela multiplicidade de tarefas que têm de desempenhar em sociedades modernas complexas e pela existência de estruturas clericais que ainda subsistem (sobretudo no catolicismo) e que dificultam a sua substituição por leigos.

Existem, também, causas católicas endógenas que favoreceram a crise. O Vaticano II promoveu os leigos e revalorizou o ministério episcopal. Em ambos os casos, os presbíteros foram os perdedores. Os leigos reafirmaram a sua identidade própria, conquistaram autonomia e assumiram ministérios e funções antes desempenhadas pelos clérigos. Os bispos foram vistos como aqueles que, de facto, possuíam a plenitude do sacerdócio, relegando os presbíteros para a categoria de ‘sacerdotes de segunda’. Velhos direitos e tradições velavam pela autonomia diocesana dos presbíteros, tais como a ‘paróquia de direito’ ou o capítulo catedralício. Com o Concílio esses direitos foram relegados a favor do controlo episcopal, donde a perturbação inicial e o protesto dos presbíteros, cujas competências diminuíram no âmbito hierárquico e laical. A partir dos anos sessenta, tentou-se amortizar esta nova assimetria, criada pelo Concílio, com a criação dos ‘conselhos presbiterais’ em cada diocese, os quais serviam as funções de colégio presbiteral em torno do seu bispo. Eles tiveram pouco efeito já que tinham apenas carácter consultivo, mas, também, devido ao centralismo, tanto a nível papal, como episcopal, que se implantou. De facto, o bispo converteu-se, dentro da sua diocese, num monarca, tal como o Papa na Igreja, neste caso mais dependente da cúria e, em contrapartida, mais distante do clero diocesano.


Juan Antonio Estrada, Historia del Cristianismo’, Vol IV, Ed. Trotta, pp. 452-454

CONCÍLIO VATICANO II - SEU IMPACTO NA PARÓQUIA 2/2

2/2



Por um laicado adulto


[na década de 70-80…]

O próprio sistema paroquial perdeu efectividade acabando, face às sociedades urbanas fluidas, por perder funcionalidade. O modelo tradicional da paróquia, diante da complexidade dos desafios pastorais, diante da carência de clérigos e das crescentes exigências da comunidade, tornou-se menos eficaz. Nas sociedades móveis, a espacialidade territorial joga cada vez mais um papel menor e vê crescer a autonomia electiva das pessoas no contexto de uma sociedade de múltiplas pertenças. Por outro lado, a sociedade pós-moderna favorece a atomização e o isolamento, erosioando a identidade pessoal com mil estímulos e mensagens. Daí a revalorização daquelas comunidades que permitam a comunicação inter-pessoal, o reforço da identidade grupal e a coesão interna. A unidade territorial desloca-se a favor da comunidade pessoal vendo-se forçada, a paróquia, a acolher comunidades de diversa índole. O programa de modernização e aggiornamento tem, diante de si, o desafio de passar do lugar geográfico à rede de relações, de passar à paróquia como plataforma de comunidades. O espaço administrativo e cultual fazia das paróquias centros de serviços religiosos, mas na sociedade actual tudo isso perdeu peso.

No que diz respeito ao protestantismo, esta dinâmica afectou as igrejas luteranas e reformadas. Ao contrário, as igrejas evangélicas (baptistas, metodistas, etc.) colocaram a tónica na conversão como sendo o específico da comunidade, num contexto de congregacionismo, e fomentaram a horizontalidade interpessoal. O protestantismo reagiu numa linha assistencial e de comunicação entre os paroquianos, abrindo-se a tarefas supletivas face à sociedade civil. A proliferação de clubes, associações e actividades tentaram compensar a diminuição das actividades religiosas. Esta dinâmica fora pacífica na medida em que a figura dos pastores estava mais próxima dos leigos, que a dos sacerdotes católicos. Desde a década de setenta que a imagem do ministro protestante se transformou, em detrimento da função tradicional do pastor como pregador e dirigente do culto, a favor de ministérios mais especializados e profissionais. Contudo, a maior inserção na sociedade gerou alguns problemas comunitários, sobretudo na sequência de tomadas de posição públicas sobre temas sociais e eclesiais controversos (a homossexualidade, os problemas sociais, a participação política, etc.), produzindo enfrentamentos e divisões entre os membros das igrejas.

No que concerne às bases da igreja católica, existe uma contradição entre a efectiva promoção dos leigos pelo concílio Vaticano II e a realidade dos factos. Os documentos realçaram a dignidade baptismal e a missão secular dos leigos, mas a praxis favoreceu os movimentos conservadores e reforçou a submissão à hierarquia como critério básico de ortodoxia. No catolicismo privilegia-se a hierarquia, na sociedade a participação individual e a competitividade: daí o choque interno entre cidadão e leigo católico. A escassez de tarefas e funções do laicado, sufocado por estruturas institucionais criadas num paradigma eclesial anterior, redunda na integração eclesial do leigo e favorece a fragmentação e a selectividade da sua identidade face aos valores e à doutrina oficiais. O futuro pertence ao laicado, facto que é cada vez mais verdade no protestantismo, menos nas igrejas ortodoxas e muito menos no catolicismo. A secularização da sociedade e a implicação crescente das religiões nos problemas políticos, sociais, económicos e culturais do mundo favorecem também o papel dos leigos. O futuro pertence-lhes, ainda que o seu protagonismo dependa duma reforma em profundidade das igrejas, ainda muito clericalizadas.

E, par e passo à questão dos leigos, está o desafio da maioria marginalizada e silenciada do cristianismo, as mulheres, as quais reclamam idêntico reconhecimento eclesial ao que lhes é dado na sociedade. O desafio que colocam é tão grande ou maior que o do laicado. Há que passar de um cristianismo patriarcal, de uma teologia machista e de uma maneira de entender a autoridade e o poder, claramente masculinas, a uma concepção mais integrada. O campo anglo-saxão é o mais reivindicativo quanto à promoção da mulher, quer na sociedade, quer na igreja. É urgente que os postos-chave do cristianismo contem com a presença feminina e que esta gere uma forma distinta de conceber a comunidade. Os problemas entre as igrejas e as mulheres têm-se centrado em torno do acesso da mulher ao sacerdócio, acesso proibido por Paulo VI (Inter insigniores, 1977) e recusado, igualmente, pelas igrejas ortodoxas. Nas igrejas protestantes existe mais pluralidade, incluindo a igreja anglicana, e a discussão actual já está em se se deve admitir ou não as mulheres ao episcopado.

Porém, a questão ultrapassa a questão ministerial. O que está em causa é uma outra forma de ser igreja, a partir duma transformação que é tarefa de todos e que não se pode fazer sem as mulheres. O maior protagonismo das mulheres na sociedade tem que se reflectir nas igrejas e as grandes insuficiências reflectem-se nas jovens gerações de mulheres, que, em boa parte, rejeitam a postura oficial das igrejas. Se é verdade que na sociedade civil ainda há diferença entre mulheres e homens que ocupam cargos de responsabilidade, o contraste, ao nível das religiões, é abismal, sobretudo no catolicismo e nas igrejas ortodoxas. Quando, em 1969, apareceu a primeira redacção da introdução ao Missal Romano, dizia-se que, se as leituras fossem proclamadas por uma mulher, esta não podia subir ao presbitério (portanto, ao ambão). Posteriormente, sublinhava-se que ela também não podia actuar como acólito na eucaristia (Inestimabile donum, 1980). A exaltação teórica do papel das mulheres no cristianismo contrasta com a igreja real, na qual, em todos os âmbitos, existe uma subordinação da mulher ao homem. Existe um choque entre a realidade eclesial e a realidade social, que estão para além das boas intenções e das doutrinas oficiais, o que exige uma reconversão institucional e doutrinal das igrejas sob pena de terem de assumir uma crescente perda de relevância social.

O velho modelo institucional, pastoral e teológico foi secundarizado por uma nova situação sociocultural e por uma nova teologia do sacerdócio. Daí a confusão entre teoria e prática, face à qual o modelo ministerial se encontra ultrapassado. O problema não poderá resolver-se simplesmente com uma nova teologia do sacerdócio ou do pastor. Obriga a que se mudem as estruturas institucionais e organizativas eclesiais, obriga a colocar em novos moldes o papel dos ministros - desde o Papa até ao Presbítero - a promover o protagonismo comunitário e a alterar a identidade e as funções dos leigos.


Juan Antonio Estrada, Historia del Cristianismo’, Vol IV, Ed. Trotta, pp. 455-457

29 de agosto de 2011

JOÃO PAULO II - UM PAPA DO OPUS DEI

Um Papa da Polónia: Karol Wojtyla





Em pouco tempo, o segundo conclave depara-se com uma situação completamente nova: os cardeais italianos, novamente divididos, não conseguem pôr-se de acordo a respeito de nenhum candidato italiano que pudesse ser um candidato de compromisso. Com isso, abre-se a oportunidade histórica de que possa entrar na liça um candidato não italiano! É sobretudo o cardeal de Viena, Franz König, perito em Europa oriental, e que já no anterior conclave tinha desejado, com razão, que fosse eleito um Papa não italiano, é ele quem, juntamente com os cardeais alemães, sugere o nome do arcebispo de Cracóvia, o cardeal Karol Wojtyla, o qual é finalmente eleito após oito votações e que toma o nome de João Paulo II.

Tal como estava previsto, nessa altura, eu viajo a Nova York no dia 13 de Outubro de 1978. Anunciado como «líder tão respeitado como controverso no mundo cristão», de segunda a quinta-feira (de 16 a 19 de Outubro de 1978) profiro quatro conferências em torno da questão: «Como podemos falar, hoje, de Deus?», na Riverside Church, para cerca de mil e quinhentos ouvintes inscritos no âmbito dos «Sermões nos Estados Unidos», do Fosdick Ecumenical Convocation. No fim de cada conferência recebo inúmeras perguntas para esclarecimentos, às quais, precisamente do mesmo lugar donde tive que anunciar o assassinato, dez anos antes, de Martin Luther King, respondo àquelas que me parecem as mais importantes.

A 17 de Outubro de 1978, na escadaria da Riverside Church, mesmo antes de começar a minha conferência, recebo a notícia da eleição de Karol Wojtyla como Papa. De imediato anuncio, do púlpito, que temos um papa polaco, facto que não desperta em mim nenhum sentimento pessimista. O monopólio que os italianos exerciam, desde há séculos, tinha que ser quebrado caso se quisesse propiciar, finalmente, uma reforma a sério. Também, como suíço, tenho simpatia pelo povo polaco, pelo facto de ter sido espartilhado pela Alemanha e pela União Soviética, aquando da segunda guerra mundial.

Um dos meus melhores doutorandos era de ascendência polaca, o americano Ronald Modras (doutorado em 1972 com uma tese sobre a eclesiologia de Paul Tillich) e que obteve uma cátedra na Universidade de St. Louis, precisamente onde eu receberia o meu primeiro doutoramento honoris causa. (…)


Primaz da Polónia Stefan Wyszyński
e o padre Jerzy Popiełuszko [Karol Wojtyla ao centro]




Na verdade, na imprensa diária e nas revistas polacas apareciam, com frequência, artigos críticos contra mim, regra geral escritos por conservadores. Chegam-me, também, muitas notícias preocupantes acerca da situação ainda «pré-conciliar» em que se encontra a Igreja do novo Papa. Já em 1976, uma fonte de Varsóvia bem colocada contava-me o seguinte: «Infelizmente, temos que constatar com tristeza que na Polónia a actividade que o senhor desenvolve é pouco conhecida e isso por causa da situação interna que lembra os tempos pré-conciliares. Por medo do episcopado, nenhuma das editoras católicas que temos ente nós teria coragem suficiente para publicar algum dos seus valiosos livros. Ninguém pensaria em editar ‘Ser Cristão’(…)». Mais tarde, em plena crise, depois de me ter sido retirada a licença eclesiástica para ensinar, um amigo pessoal de Wojtyla dirá com ênfase na televisão suíça, «desculpando» o Papa polaco, que podia assegurar ao povo suíço que o pontífice «ainda não tinha lido nenhum dos livros de Hans Küng…». Mas, tal como ficará bem claro depois, já tinha as ideias muito claras a meu respeito.

Não obstante, e apesar de todos os reparos, quando recebo a notícia em Nova York, acolho com sincera satisfação a eleição de Karol Wojtyla: à luz da divisão do mundo em Leste e Ocidente ainda vigente em 1978, parece-me boa ideia eleger ao menos uma vez um homem de Leste. Não é verdade que estamos sob a «cortina de ferro»? Ao mesmo tempo, por várias vias me informam que Wojtyla é bem mais aberto que o arcebispo de Varsóvia e primaz da Polónia, Stefan Wyszynski, o qual tinha criticado com acrimónia, no semanário cracoviano «Tygodnik Powszechny» (cf. vol. 1, cap. IX, «Igreja e liberdade na Polónia», in ‘Libertad Conquistada – Memorias’, Ed. Trotta, 2007, pp.547), a minha primeira conferência nos Estados Unidos sobre ‘Igreja e Liberdade’. Sem dúvida, acerca de Wojtyla também se iria enganar o cardeal König, que tão decididamente tinha apostado na sua eleição. (…)


Papa João Paulo II e D. Álvaro del Portillo, primeiro prelado da Opus Dei





Fotografias reveladoras: um Papa da Opus Dei

As primeiras fotografias que o «Osservatore Romano», na sua edição semanal em alemão, publica, logo a seguir à eleição pública (20 de Outubro de 1978), mostram o cardeal Wojtyla, de púrpura, ao lado de cardeal Joseph Höffner e do bispo de Essen, Franz Hengsbach. São de diversas conferências e colóquios celebrados entre 1972 e 1974 no Centro de Encontro Sacerdotal (CRIS) da hedionda Opus Dei, de Roma, que, desde cedo, conta com todas as atenções de simpatia de Wojtyla… em detrimento dos jesuítas, até então dominantes. Karol Wojtyla, como se verá mais adiante, fora recusado – em virtude da estreiteza da sua teologia – como doutorando na jesuítica Universidade Gregoriana pouco antes de eu ter começado, aí, os meus estudos. Apenas se sabe que terá publicado um livro na colecção da Opus Dei e que, segundo consta na Cúria romana, a Opus Dei lhe financiou uma viagem pela América Latina.

Como Papa, Wojtyla promoverá, com todos os meios ao seu dispor, esta «obra de Deus», esta organização secreta católico-fascista com traços de sectarismo surgida na Espanha franquista e da qual procedia a maioria dos ministros do último governo de Franco. É formada por leigos (alguns deles com votos de celibato) e por sacerdotes, estendendo-se por entre os poderosos da política, pelo mundo dos bancos e dos negócios, pela imprensa e pelas universidades, inicialmente em Espanha e América Latina, mas depois também na Cúria romana.




(os 'cilícios' da Opus Dei)





Dariam tudo para que fosse esquecido o concílio Vaticano II, e comprometem-se sem reservas a favor da restauração católico-romana. Os seus membros, recrutados segundo duvidosos procedimentos, são exortados a desdenhar a sexualidade, a mortificarem-se e a menosprezar as mulheres. Ao conferir-lhe, apesar de grande resistência na própria Cúria, o estatuto de «prelatura nullius», isto é, de diocese mundial independente, João Paulo II subtrai esta rigidamente organizada Opus Dei – que persegue o poder na Igreja e que, com o tempo, contará com várias centenas de milhares de amigos, patrocinadores e simpatizantes – ao controlo dos Bispos em todo o mundo. Alguns bispos e cardeais, que repudiam a Opus, acabam por se pronunciar com benevolência a seu respeito. O despótico fundador, José María Escrivá de Balaguer, que pretende purificar a Igreja, supostamente contaminada pelo concílio e reconduzi-la à «Tradição» (falece em 1975), é declarado «beato» e inclusivamente «santo» em tempo recorde, fazendo-se omissão de testemunhos críticos e saltando por cima das normas eclesiásticas… o que se torna ridículo para muitos católicos, que rejeitam a obediência cega e o sectarismo.

Sindicato 'Solidariedade', Polónia


Ao defenestrado banqueiro do Vaticano, Marcinkussobre quem recai a suspeita de ter desviado somas milionárias para o movimento sindical polaco Solidarnosk – o novo Papa nomeia-o bispo titular. Mas este papa, que pelo mundo fora prega a justiça, nada faz para esclarecer as mortes e os escândalos. Desde cedo deixa perceber que é um Papa da Opus Dei, profundamente enraizado nos «movimenti» carismáticos conservadores e com escassa formação em teologia contemporânea. Joseph Ratzinger, que nos começos manteve reservas face à Opus Dei, aceita ser investido doutor honoris causa’ pela universidade da Obra em Espanha e, maquiavelicamente, utiliza os seus serviços.








Uma segunda fotografia faz-me pensar: é uma página inteira, a cores, da revista «Quick», famosa pelas suas fotos de nus, mostrando o rosto e as mãos dum Papa profundamente mergulhado em oração, o que, mais tarde, será profusamente reproduzido pela imprensa. O próprio fotógrafo explicará em detalhe como obteve a foto. Após ter feito vários instantâneos, o próprio insiste com o Papa para que reze diante da câmara. O Papa resiste que não o pode fazer. Mas, por fim, «pelo povo», acede a ajoelhar-se e a fingir que está a rezar. Um disparo e pronto! A bela foto dá a volta ao mundo e multiplica-se em postais sem conta.



com Ronald Reagan

Temos o Papa mediático por excelência que não desaproveita nenhuma ocasião para se apresentar a si mesmo como pessoa piedosa, semelhante em muitos aspectos a quem mais tarde será eleito Presidente dos Estados Unidos, Ronald Reagan, um actor qualificado e apaixonado assumido e, assim, um «grande comunicador», cujo carisma pessoal faz esquecer a sua política reaccionária e as suas vítimas. «Wath does the United States need?» - «de que necessita os Estados Unidos?». O destacado historiador germano-estaduniense de origem judaica Fritz Stern, professor na Universidade de Columbia, que conheço das minhas viagens a Nova York, visitando Tubinga, mostra-se disposto a publicar de imediato um artigo sobre o assunto na revista «Foreign Affairs», quando, à citada pergunta, eu respondo: «The United States need an actor – os Estados Unidos precisa de um actor», um actor igual a Wojtyla, que, graças ao carisma de grande comunicador, saiba vender ao público uma doutrina e uma política reaccionárias.



com Augusto Pinochet, Chile


«Se tivesses continuado no teatro, terias sido um grande actor», alguém o disso a João Paulo II, tal como ele mesmo revela nas suas Memórias e Pensamentos.

Assim, Wojtyla, graças a um ar mais pastoral-popular que distante-hierárquico e à custa dos meios de comunicação social, que já ultrapassam fronteiras e irradiam sobre o mundo inteiro, superará em muito PIO XII, de quem o historiador da Igreja de Tubinga, Karl August Fink, dizia ser o melhor actor de entre todos os homens de Estado de todos os tempos. As aparições públicas do Papa Wojtyla, tal como as do presidente Reagan, são minuciosamente preparadas pelos media até ao mais ínfimo detalhe, como se de um filme de Hollywood se tratassem. Os discursos são escritos por alguém, que não ele. No Vaticano, de tudo se encarrega o mui sagaz chefe de imprensa, o doutor Joaquín Navarro-Valls, um homem da Opus Dei (a quem os jornalistas chamam o «doutor spin» do Vaticano, isto é, o assessor de imprensa), que sabe muito bem como «vender» o seu chefe.

Muitos telespectadores, até hoje, desconhecem que todas as cerimónias que tenham lugar no Vaticano, desde a eleição papal até ao enterro, são transmitidas pela «Televisão Italiana», a qual as vende a todas as companhias televisivas do mundo, mas que, ao mesmo tempo, só passa o que for previamente acordado com o Vaticano: informação puramente cortesã.


Hans Küng, Verdad Controvertida – Memorias, Trotta, 2009, pp. 549-554